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Somos lo que consumimos

En comunicación digital como en la alimentación, tenemos que cuidar rigurosamente lo que consumimos.

Era agosto del 2008. Recuerdo cómo alguien del trabajo, me envió un escueto correo electrónico pidiéndome algo, ni siquiera recuerdo quién ni el qué. Solo recuerdo que bajo la firma había dos frases que advertían:

Se trataba de un movimiento que pretendía que las interacciones por correo fueran lo más breves posible. Me pareció una genialidad. Horas y horas de enviar y recibir correos, eficazmente reducidas a pocas frases. El tiempo es oro, decía mi madre.

Mi tiempo

Pocos meses antes vería la luz Twitter, con sus 140 caracteres originales, aunque no fue traducido al español hasta 2009. Ambos sistemas se inspirarían en los mensajes SMS, los que ya habían supuesto una auténtica revolución en nuestra comunicación del día a día.

Contenido vs contenedor

Mención aparte merece la “tiranía” de Google. O de cómo cada publicación digital se ha ido transformando poco a poco en esclava del gran motor de búsqueda, y más recientemente, de las redes sociales. Así pues, nos encontramos con millones de artículos redactados en base a lo que dicta un algoritmo, con X palabras por artículo, X palabras clave por página, enlaces… por no mencionar los títulos “clickbait”, traducidos como “ciberanzuelos” y redactados para explotar la brecha de curiosidad del lector.

Lo que ocurrió después te sorprenderá…

Complejidad vs sencillez

Ya llevamos más de diez años en esta situación por lo que no son pocos los estudios científicos que tratan de aclarar las consecuencias que tendrán estas tendencias de consumo en cuanto a la lectura se refiere.

Uno de los estudios más interesantes al respecto se llevó a cabo en la Universidad de Columbia. Allí, cuentan con un “Laboratorio de Conversaciones Difíciles”, en el que, dos personas con opiniones muy dispares sobre temas de esos que normalmente se evitan en las cenas familiares, se encuentran durante 20 minutos y discuten.

Algunas cenas familiares (Absolver de Sloclap)

En uno de sus experimentos, los investigadores quisieron determinar si la complejidad de la información que se obtenía sobre el tema a discutir tendría algún efecto en el modo de debatir de los participantes. Efectivamente, los participantes que leyeron artículos más complicados tuvieron conversaciones más ricas después, aunque no concluyeran la discusión. Proponían más preguntas, sus ideas eran de mayor calidad y abandonaban el laboratorio más satisfechos de las conversaciones mantenidas.

La conclusión para los periodistas sería clara: “hay que abrazar a la complejidad. Destacar matices, contradicciones y ambigüedades donde sea que se puedan encontrar. La complejidad conduce a una versión más completa y precisa de la realidad”.

¿Será esto posible en la era en la que los clics y visitas a tu web son lo que prima?

El buen comer

Hagamos la analogía con la gastronomía, un fenómeno que también está muy en boga hoy en día.

Es indiscutible que para gustos los colores, pero, seguramente estaremos de acuerdo en que, nadie podría alimentarse comiendo lo mismo a diario. Incluso resulta difícil de soportar la idea de tener que ir al mismo restaurante día tras día, ya sea de comida rápida o de estrella Michelin. También los chefs con más renombre sienten la necesidad de variar sus dietas y en ocasiones, comerse un huevo frito. La diversidad, por tanto, también en alimentación, es algo positivo.

Pero tanto si eres un restaurador como si te dedicas a la creación de contenidos digitales, tu objetivo será el de “llenar el restaurante cada día”. Para hacerlo, resulta fundamental fidelizar a quienes te visitan, que quieran volver. Al igual que sucede cuando un turista llega a un restaurante que ha encontrado en alguna guía, atraído por la espectacularidad de sus platos, se hace la foto, y no vuelve más; en un blog puede pasar que llegue una visita de alguien que buscaba en Google “cómo construir una barbacoa”, lo lea, y una vez alcanzado su objetivo no te visite más. Para que el cliente o el usuario vuelva, tendremos que conseguir atraerlo con nuestra propuesta. Ir cambiando nuestra carta, cuidar el ambiente, la decoración, la vajilla y el servicio… Los algoritmos, con el tiempo, irán adaptándose a ello.

El gusto está en la variedad, y nuestro equilibrio como clientes de un restaurante o lectores, en un consumo responsable.

 

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